Los cuentos que yo cuento
J. Sabina, A. García de Diego, P. Varona

No le ofreció la luna,
le dijo solo "quédate
conmigo, no hay fortuna
que valga el corazón que te daré".

ella dudo un momento
y luego contestó que sí,
"pero sin juramentos
que no vas a saber después cumplir...

y, si de verdad me amas
no habrá casorio, ¿para qué?,
con dos en una cama
sobran testigos, cura y juez.

Y viviremos lejos
del tráfico y la polución
mejor llegar a viejos
a la sombra de algún sauce llorón".

Le regaló un anillo
de quita y pon, que unen sin atar
y levanto un castillo
de arena fina junto al mar.

Sus dos hijos dudaron
entre en dinero y el saber,
llamaron al primero
Caín y al benjamin Abel.

Lo leí, lo soñé,
lo viví, lo inventé.
Mi cuento de momento empieza bien.

A Abel lo liquidaron
y el crimen nunca se aclaró,
apenas se quedaron
solos ya Caín y su ambición,
montaron un negocio
en el terrenito de papá,
menudo par de socios:
"Caín, demoliciones S.A.".

Hicieron del castillo
un bodrio de urbanización,
aquel edén sencillo
se llama ahora Nueva York.

Los dos viejos se hospedan
en un hogar de la tercera edad,
el hijo que les queda
les manda mazapán por Navidad.

Lo conté tal cual fue,
¿cómo haré que al final
los cuentos que yo cuento acaban tan mal?

Do re mi, mi fa sol, fa sol la,
los cuentos que yo cuento acaban fatal.

No soy yo, obladí, obladá,
los cuentos que yo cuento acaban so bad.

Te has pasao, colorín colorao,
el cuento que yo cuento se ha acabao.