| ¡Ay! Carmela |
| J. Sabina |
¡Ay! Carmela
no dejes tu suela canela
quemando en la nieve,
como barcos de vela,
tan luego, tan trece,
tan jueves.
Tus maullitos de gata
celosa en Manhattan
me inquietan,
poco más que decir,
urge sobrevivir,
tener un novio poeta.
No me pidas que muera por ti,
lo que queda de mí
se subasta a la mejor postora,
como un vago arlequín
frente al trago de gin
de la aurora.
Pero no te impacientes,
no me atormentes,
sigue sola tu camino,
al fin y al cabo,
no sé ni "sabo"
cuanto desgrava el destino.
En los bares del foro
te decía Norma Jean
"no había chica en el coro más in".
Una vez te invité
a la suite de un weekend
en París.
Pero acaba la feria
y se muere la histeria
de miedo,
si te da por contar
hombros donde llorar
va a sobrarte una mano y seis dedos.
Cómo puedo contarte
que me gusta gustarte
que no te he asesinado del todo,
que me siento viudo
y que dudo
entre el limbo y el lodo.
Y no sé de que modo
dejar de adorarte sin duelo,
entre nunca y quien sabe,
entre el ojo y la llave,
el volcán, el tifón y el deshielo.
No me canso de hablarte,
aunque pronto mi voz
suene a grano de arroz
repetido,
y desampararte
es regar
los claveles del mar
del olvido.
Nada amanece,
todo envejece,
guarda tu velo de tul,
tal vez mañana
a tu ventana
llame otro principe azul.